Columna: Las venas de la cultura
El arte en la sangre
Por: Jesús Ospina Salinas
Artemón Ospina Villavicencio nació el 8 de octubre de 1927 en Pampas, provincia de Tayacaja en Huancavelica. Uno sabe que ha llegado a Pampas por su olor a eucalipto, por los cerros que protegen un valle verde, cálido, acogedor, parcelado con mucha belleza, como una fotografía de almanaque. Y en el centro, como una vena feliz, pasa un río tranquilo y sereno como su gente.
De joven Artemón hablaba un quechua perfecto porque conversaba con sus amigos, que eran trabajadores en la hacienda de su padre, Jesús Ospina Díaz. Con ellos iba a hacer pagos a la tierra, y curaba las heridas de los niños, porque el hombre que fungía de enfermero, no tenía tiempo para los hijos de los trabajadores, también llamados peones, no eran su prioridad. Por ello Arte, como le llamaban, en las tardes tomaba caramelos, alcohol y otros remedios, y se sentaba en un rincón de la plaza de Armas, donde esperaba a los hijos de sus amigos y amigas para curarlos. Los niños más pobres llegaban atraídos por los caramelos, y aguantaban el dolor con la esperanza de saborear un dulce esquivo para los bolsillos de sus padres.
Los niños vestían chompas raídas y huecas, pantalones que no se distinguía bien de qué tela era. Tenían el cabello alborotado, el peine no sabía que ellos existían. Pero la amistad con don Arte hacía que llegaran como si tuvieran frac, gomina en el pelo y una piel cuidada por el jabón. Llegaban con los ojos vivos de alegría por el caramelo y la calidez de la atención, y eso los igualaba con los otros niños de Pampas, los volvía, de alguna manera, ciudadanos.
En los años 40 y 50, su sensibilidad lo llevó a ver en la lucha aprista, y luego en el socialismo una manera de lograr que todos los niños puedan comer caramelos. Pero no contento con eso, quería estudiar. Tras la muerte de su padre, y siendo él el mayor de los hermanos, se hizo cargo de los negocios. Pero no heredó el don del padre. Y sus lecturas y ansias de estudiar en la universidad, lo trajeron a Huamanga, y en 1959 ingresó a la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, UNSCH, en la primera promoción. Ya estaba casado y tenía una hija, y otro en camino. Luego llegué yo y una hermana más.
Intentó estudiar derecho, pero para atender 4 hijos tenía que trabajar, por ello entró a la Escuela Guamán Poma de Ayala, y luego decidió seguir artes plásticas. Recuerdo el enorme (para un niño) patio de la Escuela (hoy Centro Cultural de la UNSCH), lleno de hierbas, de bustos y caballetes, donde jugábamos con mis hermanos. En mi memoria lejana y un tanto opaca por el tiempo, están como luces en el pasado, don Respaldiza y Jaúregui, grandes amigos de mi padre.
Obtuvo una beca para estudiar en Brasil, pero no pudo dejar a sus hijos. Un joven Felipe López lo conoció brevemente en los años 60. Pero en el 67 partió a Lima para seguirme por el soplo al corazón. No regresó más, tuvo una chacra en las afueras de Lima y luego entró al magisterio. Los caballetes y los óleos pasaron a segundo plano. Pintaba en las tardes solitarias, seguramente extrañando el patio de la Escuela. Lalo Parra lo visitó en Lima para conversar sobre el surgimiento de la Escuela. Fue su último contacto con Huamanga. Falleció en 1991, pero el arte de Arte no murió. Seguiremos.
Texto sobre mi padre a ser publicado en el periodico Jornada de Ayacucho
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