La razón del Alianza Corazón.
A la Tribuna Sur,
Donde la fe nunca se pierde.
“¡CAICO CORAZON ¡ ¡ CAICO CORAZON!”, gritaban miles de hinchas en el Estadio Nacional. El partido había terminado hacía diez minutos, pero nadie se movía. Alianza Lima había ganado dos a cero al Sporting Cristal. Pese al triunfo era una noche triste. Con la victoria Alianza estaba listo para disputar el título con la “U”, pero en esos momentos nada de ello importaba.
Miles de gargantas afónicas hacían retumbar el estadio. Los gritos sonaban cada vez con más fuerza. En la cancha no quedaba ningún jugador. Ya iban a apagar las luces, y desde las tribunas se escuchaba un solo grito: ¡Caico Corazón! ¡Caico Corazón ¡
A la siguiente semana llegó la final del descentralizado de fútbol con el clásico de los clásicos: Alianza Lima versus Universitario. El “Nene” Teófilo Cubillas había regresado desde el extranjero para reforzar al equipo, pues Alianza tenía un plantel de emergencia.
En el primer tiempo del partido, Samuel Eugenio, un rudo marcador de la “U”, casi lesiona a Cubillas. No tuvo reparos a la hora de repartir patadas para que su equipo se corone campeón del descentralizado.
Esa noche el doble sufrimiento – perder a sus ídolos y perder el campeonato – hermanó a los miles de hinchas de Alianza Lima. Ese campeonato, de 1987, fue especial, y seguirá siendo especial porque un accidente eliminó, casi al terminar el torneo, a todo el equipo titular de Alianza Lima, el club más popular del fútbol peruano. Toda una generación de jugadores desapareció.
Cientos de personas miraron el mar, desde las playas de Ventanilla, buscando una explicación, preguntando ¿por qué Dios mío? ¿Por qué?
El avión que transportaba al primer equipo aliancista se estrelló en el mar de Ventanilla. Nunca se supo de las reales causas del accidente. El único sobreviviente fue el piloto. Y existen razonables indicios para plantear que no viajó en la fatídica nave. La marina encubrió toda la investigación. Algún día hablará el piloto para lavar su conciencia, pero ya de nada servirá.
A pesar de la estocada mezquina y alevosa del destino, las banderas, pese a estar heridas, continuaron flameando en tribuna sur y en todo el estadio de Alianza Lima.
Alianza se quedo sin equipo, pero sus hinchas empezaron a cantar que para ser aliancista había que sufrir. “Somos hinchas de corazón” se repitió en las graderías.
Van muchos años que el equipo blanquiazul no campeona. (El texto data de octubre de 1994) Ahora hasta dicen que son “quinceañeras”, porque hace 15 años que no campeonan. Incluso hay hinchas que jamás supieron de un triunfo a nivel de campeonato. Sin embargo, no deja de ser una pasión popular, la más grande que existe en el país.
Cuando en el campeonato del año 93 Alianza goleaba a cuanto equipo le salía al frente, sus propios hinchas estaban preocupados, pues los triunfos nunca han sido lineales en Alianza. Siempre el bache, el gol que no se concreta. Y pasó lo que tenía que pasar. Alianza perdió partidos increíbles y perdió el campeonato. Pero la tribuna siguió gritando: ¡ Seee vaa, seeee vaaaa, se va alianza para Campeóóón!
A nivel de Copa Libertadores Alianza Lima siempre tuvo pobres resultados. Algunos de verdad vergonzosos, que es preferible olvidarlos.
Hace ya muchos años, a inicios de la década de los setenta, en la primera etapa de la Copa Libertadores sólo se clasificaba un equipo. En esa época Alianza Lima se enfrentó a conjuntos chilenos. Ganó en Chile, con unas actuaciones increíbles de un arquero apellidado Ponce. Los periódicos lo endiosaron. “El nuevo Asca. Perú, tierra de arqueros”. Pero la clasificación se definía en Lima. Todo a favor para que Alianza se clasifique y sucede lo inesperado. En el partido clave, jugado en el Estadio Nacional, falla Ponce y Alianza pierde 4 a 3. Los periódicos destrozaron a Ponce, lo llaman ídolo de barro, lo sepultan. Ponce se perdió en el olvido. Esa noche se jugó bonito, pero fallas en el arco impidieron el triunfo.
A fines de la década de los setenta, Alianza Lima tenía un gran equipo: Cueto, Cubillas, Velásquez, Sotil, La Rosa, Ravello, etc. Fueron los años del bi campeonato y llegó la Copa Libertadores. Fácil se pasó a la segunda rueda, y se iba como favorito. Justo cuando empezaban los partidos de vuelta para pasar a las semifinales y los encuentros tenían que jugarse en Matute, los dirigentes vendieron a los principales jugadores. Alianza, sin sus mejores exponentes, perdió sus partidos en tardes grises. Ya ni siquiera jugaban bonito.
Y es que los dirigentes en Alianza Lima son un mundo aparte. De Alfonso Souza Ferreyra se supo por qué “Perico” León decía de éste que era su padrino. El primero es recordado por la viveza que empleó para retener jugadores en Alianza. Todo contrató tenía su prórroga, mejor dicho su maña.
El círculo de dirigentes de Alianza Lima es cerrado y muy poco se sabe de sus interioridades. Después de la construcción del estadio de Matute, esos dirigentes no han mostrado ambición de historia, de grandeza para el club.
Últimamente existió un amago de pugna por las elecciones para la junta directiva. Como nunca existieron dos listas. Al parecer la pugna interna sirvió de acicate, pues los dirigentes recientemente elegidos, en su mejor jugada, contrataron al jugador De Lucca justo antes de iniciarse la Copa Libertadores. Pero resulta que De Lucca venía para firmar por la “U”, pues era un refuerzo para enfrentar a Alianza y a los demás equipos. Fue un golpe sicológico. Ni los hinchas ni los jugadores ni los dirigentes de la “U” lo podían creer.
No importaba que tan buen jugador fuera De Lucca, lo importante era que se le había arrebatado a la U una pequeña bandera. Un refuerzo esperado.
La estructura orgánica del club aliancista no es popular ni democrática. No le interesa convocar a los hinchas. Para ser socio se tiene que pagar mil dólares. Además no existen canales regulares de comunicación entre los socios y los hinchas, que son en su mayoría de extracción popular.
¿Cómo se manejan las finanzas en Alianza Lima? Nadie lo sabe. Pero los hinchas de corazón sintieron la partida de Juan Reynoso como un gran golpe. Reynoso iba a camino a convertirse en un jugador símbolo de Alianza, como Cubillas. Por cosas del destino él no se encontraba en el fokker que trasladaba, de Pucallpa a Lima, a los jugadores de Alianza.
Era pues, un sobreviviente de la generación del fallecido “Potrillo” Escobar, muerto en Ventanilla. Su presencia le permitía continuidad generacional al equipo. Y lo dejaron ir por unos soles más. Qué mejor ejemplo de la falta de estatura de los dirigentes de Alianza. Un par de temporadas más en el equipo y Reynoso no hubiera podido jugar por otro club que no fuera Alianza. Salvo, claro, en el extranjero. Cubillas grafica esta ambición. También la trayectoria de Cueto. Jugadores – símbolo de Alianza.
Cuando Alianza gana, la tribuna festeja. Cuando pierde la resignación acompaña a la tristeza. Cabezas bajas y murmullos entre la multitud a la salida del estadio. Cuando la “U” pierde su barra de tribuna popular se desborda en ira. La garra se transforma en picotería. El golpe de Nunes a Kopriva, al final del partido que Alianza le ganó a la U – después de mucho tiempo en el propio Matute – simboliza a la perfección la escasa dignidad para aceptar derrotas en ciertos sectores de la U.
Quien no sufre no ama de verdad. Esta idea está presente en la identidad de todo hincha de corazón de Alianza Lima. No cualquiera sigue con pasión a un equipo que si bien no campeona, tampoco abandona su estilo de juego.
El estilo de juego de Alianza Lima es el juego bonito, es el gusto por el juego. Es un equipo caracterizado por una defensa poco sólida, mediocampo sin marca pero creativo y delantera hábil para la finta y el amague, que prefiere llegar al arco con pelota dominada, nada de disparos fuera del área. Los jugadores más identificados con los colores de Alianza poco han tenido de fuerza pero mucho de habilidad y destreza con el balón.
Un ejemplo de ello es el gran “Pitín” Zegarra, quien hacía delirar a las tribunas con una jugada espectacular pero intrascendente si se piensa en los resultados. El corría de la media cancha con la pelota pegada a sus pies, esperaba que un rival estuviera frente a él y se paraba de golpe, imprevistamente, con la pelota en los pies. Entonces levantaba la pierna como si fuera a patear una y otra vez, movía la pierna muy rápidamente, sus hombros seguían el rápido movimiento de la pierna y el pie, en pocas palabras, bailaba sobre el gramado. Y el rival se quedaba paralizado sin saber cómo reaccionar. La tribuna reía. Pitín, luego del desaire al contrario y los aplausos de la tribuna, quedaba contento. Ya el resto no importaba. Incluso cuando hacía esa jugada el equipo podía estar perdiendo, pero lo importante era el espectáculo, no el resultado. Esa jugada se parece, en un paralelo entre deportes, al amague que hacen los boxeadores cuando, frente a la cara de un rival, dan vueltas al brazo sin arrojar un golpe pero haciendo como que van a golpear. Una finta de ese tipo hizo “Sugar” Ray Leonard ante el grande “Mano de Piedra” Durán en su segunda pelea. Durán, que no aguantaba pulgas, al rato nomás de sufrir esa burla se retiró del ring con un “no va más” que hasta ahora les duele a los panameños.
Hablando en confianza, tuve la suerte de que al primer clásico al que asistí pude ver en acción a dos grandes del fútbol aliancista: Pitín y Perico. Resulta que se cobró un tiro libre a favor de Alianza en tres cuartos de cancha frente al arco de la U. Pitín fue a cobrar el tiro libre pero antes conversó con Perico. Qué hablaron, sólo ellos lo saben. Perico a trote lento fue a ubicarse en el centro del área de la U entre varios defensas, que lo miraron de reojo sin intuir lo que sucedería. Pitín tomó carrera y como si fuera el mejor billarista, de un toque mandó la pelota justo, justito donde estaba Perico, quien la paró de pecho, la domó con el muslo derecho y con un medio giro del cuerpo, antes que la pelota toque el césped, la lanzó a las redes del arco crema. Fue un derechazo limpio, directo, inatajable. Celebró su gol como los grandes, con modestia, sólo levantó el brazo izquierdo con el puño cerrado. Para qué más, si era un gol con su ello de calidad.
Goles así no se ven todos los días. Pero el que cuenta para la historia personal de uno fue aquel, ese gol entre “Perico” y “Pitín”. Uno parecido es historia porque significó el triunfo de Perú frente a Argentina en la eliminatoria del Mundial de México 70, aquella vez que los derrotamos uno a cero en el Estadio Nacional. Por cosas del destino fui a ver ese partido con hinchas de la “U”, que faltando dos o tres minutos para acabar el partido, optaron por el retiro. Ya nos íbamos, y al bajar las gradas, escuchamos el grito de gol de los hinchas de la “U”: habían empatado el partido. Pero eso ya no importaba, mi unión con Alianza estaba sellada.
A los pocos días se leyó en un periódico que “Perico” era un jugador “díscolo”, palabra muy empleada en esos días por los cronistas deportivos. La nota daba cuenta de la vez que “Perico” se escapó del Ejército. Luego de leer esa nota, todas las dudas quedaron despejadas: pasé a las legiones de Alianza Lima. Como yo, cada hincha tiene una historia particular por la cual establece sus simpatías por uno u otro equipo.
Cuando el fokker cayó al mar de Ventanilla, la multitud de hinchas dijo presente. Luego de ese accidente, Alianza Lima no ha perdido hinchas, los ha ganado y los ha marcado para siempre porque cuando se quiere en las malas, fácil es querer en las buenas.
Los hinchas de Alianza lo son de corazón. No pierden las esperanzas, soportan estoicos las burlas de los hinchas de equipos ganadores con la seguridad de que esos mismos hinchas renegarán de sus equipos cuando les toque perder.
En la hora de la derrota se conoce al verdadero hincha. Alianza a templado a su feligresía, incluso contra las deslealtades del destino.
Es difícil, por no decir imposible, que un hincha de Alianza se suicide porque su equipo no campeona. Claro se dirá, “lo que pasa es que todos son masoquistas. Ya están curtidos en derrotas”. Lo que ocurre es que ser hincha de Alianza es una manera de vacunarse contra la fatalidad, es mantener la esperanza con resignación, es tener una llama débil pero inextinguible en el alma.
Este sentimiento es muy importante para la supervivencia espiritual en un país con escasos canales de realización personal y colectiva. De Alianza sólo podía ser Chacalón, el Faraón de la Chicha, cuyo entierro congregó a más de 20 mil personas. Cantaba las tristezas, las frustraciones de los pobres pero también las ilusiones, las esperanzas, la posibilidad por más lejana o remota que sea, de ser triunfadores.
Alianza Lima superó su hora de dolor con valentía y dignidad. Afirmó a su hinchada. La tribuna Sur nunca arrió sus banderas. A los pocos años de la pérdida de una generación talentosa de jugadores, surgió otra con el apelativo del finado Escobar: “Los potrillos”.
Esa nueva generación todavía no gana nada, están haciéndose de un nombre y de un espacio futbolístico. Alianza Lima apuesta a ellos para que lleguen los triunfos. Se lo merecen los millones de hinchas que no abandonan la fe blanquiazul pese a los quince años que no campeona.
Estamos seguros que cuando Alianza Lima campeone, el grito ¡CAICO CORAZON!, retumbará lleno de alegría. Habrá valido la pena esperar toda una vida por ese instante. A veces lo inolvidable demora. Lo importante es que el tiempo no ha derrotado el fervor aliancista, porque, como todo gran amor, su razón no está en el interés sino en el corazón.
Publicado en el libro: La Palabra AL Toque. Ediciones El Laberinto, año 1994.