Hace algunos años , las imagenes dieron la vuelta al mundo, el congresista peruano recibía su sobre con los quince mil dólares que había regateado al asesor presidencial Vladimiro Montesinos para vender su conciencia. El mundo aprecio la magnitud de la corrupción en el Perú. Pero, no todo es alcanzar una billetera solvente, vendiendo su conciencia, para intentar ser feliz. El alma humana nos enseña que podemos llegar a ser estrellas en el firmamento, ser triunfadores de nuestros propios sentimientos, sin traicionar principios, dejando huella en los seres que nos rodean. Va pues, esta crónica de un ser sencillo y honesto que es MAESTRO para sus hijos y para quienes lo trataron y conocieron. Y si de esto escribo es porque la reserva moral de un país descansa en sus ciudadanos, en las personas anónimas que a diario labran su destino, sin venderse. Lavando sus banderas, sus principios, dando escuela a aquellos, sin escrúpulos, que creen que solo el oro brilla. Hay éxitos personales que perduran por generaciones. Ejemplos de vida, que se toman al voltear la mirada y descubrir vidas simples y tranquilas que nos demuestran, muchas veces, que la grandeza esta en casa.
Mi padre falleció de cáncer. Sin poder hablar. Tranquilo en su cuarto espero la hora y cuando se marcho lo acompaño la planta de jazmín, del pequeño jardín de la casa. Tal sea difícil de creer, pero al día siguiente de su deceso la planta que aromatizaba toda la casa se seco. Literalmente se extinguió. Mi padre se marcho con aroma a Jazmín.
Y las personas sencillas brillan tanto como las que dicen ¨conquistar¨al mundo.
Saque usted su conclusión amiga (o) lector. La memoria esa caja mágica que alberga nuestros mejores y peores recuerdos, me obliga a confesar que aprendí a admirar a mi padre. Allá en el lejano Ayacucho.El estudiaba en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Huamanga, cuyo local queda, aun, en la Plaza de Armas de la ciudad. Es una vieja casona colonial, en la que asombrado descubrí, como se iban moldeando estatuas, como los retablos cobraban vida, cada rincón era un universo maravilloso y mi padre me llevaba para que aprendiera a ser artista. Yo tenía cinco años.
Pese a ser alumno relativamente nuevo y no del lugar, pues era de Pampas, Tayacaja, Provincia de Huancavelica, uno de los Departamentos con más pobreza en el Perú, mi padre se gano el aprecio del Director de la Escuela: el viejo Respaldiza. Era un anciano de barba blanca y caminar pausado, tenia un aura especial de viejo sabio. Nosotros éramos cuatro cuando mi padre estudiaba y mi madre trabajaba de profesora. Solíamos jugar en esa inmensa casona y no nos asustaban los pasos solemnes de su Director. El sabio anciano solía sonreír con nuestros juegos. Luego Ayacucho cobraría cobraría fama mundial por haber cobijado en sus hermosos parajes al señor de la guerra maoísta andina: el Presidente Gonzalo, que luego se descubrió que era el mortal Abimael Guzmán. Esa es otra historia.
Pero antes de ello, Ayacucho tenía y tiene dos tradiciones que se separan y juntan: los danzantes de tijeras y la procesión de Semana Santa.
Los danzantes de tijeras, con sus trajes multicolores y sus desafíos permanentes nos recuerdan el mundo andino, aquel que resistió a la conquista española, que no abandono a la madre tierra, que sigue rindiendo culto a los Apus sagrados de las montañas, que venera la hoja de coca। El sonido de las tijeras en las manos de los danzantes es un mandra que nos remite a un mundo que se resiste a morir, que sueña con la vuelta del Gran Inca Pachacutec para recuperar su mundo arrebatado. Las tijeras son grandes, su sonido trac, trac, trac,, trac, trac y los pequeños van marcando el ritmo. Así empiezan los danzantes su rito y para no ser herejes van acompañados del sonido del arpa y el violín. Al ver por primera vez a los danzantes de tijeras me perdí, mejor dicho me extravié, me deje arrastrar por el gentío que los seguía, horas después mis padres me encontraron. En mi casa las tijeras eran comunes. Mi madre era profesora de corte y confección. Dejaba sin filo a las tijeras tratando de imitar su sonido. Pero esas tijeras eran cristianas y no sonaban igual, aun así, me pasaba horas ensayando los pasos. Algo en mi decía que debía ser danzante de tijeras. Mi padre sonreía cuando veía a su vástago cortando el aire para lograr el sonido de las tijeras de los danzantes. Mi madre se enfurecía, porque después de cada practica tenia que mandar afilar las tijeras.
La otra tradición, de la semana Santa, la admiraba en todo su esplendor desde el privilegiado balcón del Director de la Escuela de Bellas Artes. Mi padre nos llevaba pese a que las procesiones eran nocturnas, no me lo decía pero quería que sus hijos estuvieran presentes en ese momento especial. Nunca me dormí. vi las imágenes de la fe tambalearse en los hombros de hombres humildes que rezaban con la mirada surcando el cemento de la pista. Vi mujeres llorando, clamando en quechua por el fin de sus penurias. En esos años Ayacucho solía ser azotado por pestes como si se estuviera en la edad media. La viruela negra, el sarampión. se llevo miles de vidas. Y las madres se resignaban, miraban al cielo y exclamaban: un angelito más al cielo. Mi madre no permitio que ninguno de nosotros fuera angelito. Nos puso collares de ajos, nos dio sopa de cebollas. Cosió luego de dictar clases para pode comprar ese tónico que era un asco: Emulsión Scott, extracto de hígado de Bacalao. Y cuando la peste nos toco. Mi padre nos vendo para que no nos rascáramos evitando así que quedáramos marcados, colgó piñas en los muros de las puertas, junto ramas de eucalipto y en la puerta de nuestro dormitorio siempre había una olla hirviendo, soltando el vapor de las ramas de eucalipto. Con infinita ternura, mis padres se turnaban para bañármos con hierbas que mi padre compraba alas mamachas del mercado, luego de hablar en quechua con ellas, todo para evitar que las marcas no acompañaran de por vida, una por una lavaban las llagas supuradas con azul metilo así hasta esperar a que se secaran sin ser arrancadas. Todos quedamos con los rostros limpios de las marcas de la viruela y el sarampión. Excepto el que esto escribe, que terco como una mula, cuando le dio el sarampión, se desató y se rascó la frente. Tres costras fueron arrancadas y hoy forma un triángulo en la frente.
Estábamos en los años de la Alianza para el Progreso y Ayacucho conoció a gringos voluntarios, uno de ellos se hizo amigo de mi padre, tenía una cámara de fotos. Nuevecita, grande, marca YASHICA, con su contometro para la luz. Todo un tesoro. Al irse se la dejó a mi padre. Vivíamos, en ese tiempo, en una vieja casona, con dos inmensos cuartos, con techos que parecían llegar al cielo, uno de los cuartos, mis padres habían dividido con telas de tocuyo para darle forma a los dormitorios. Y el otro donde quedaba la cocina y el comedor. ¿ Y el baño? preguntara el citadino lector. En el jardín, pues, detrás de una gran higuera se había construido un silo. La casa quedaba dentro de una gran casona, habitada por una anciana y su hija, de cuya presencia solo sabíamos cuando nos convidaban un plato de Puka Picante. Para entra a la casa había que atravezar un inmenso portón, a la derecha estaba la casona inmensa y casi deshabitada y a la izquierda nuestra casa, en el patio entre las dos casas, en las noches improvisábamos un escenario y cantábamos a la luz de las velas. Ese inmenso patio, entre las dos casa, era el lugar de nuestros juegos. En el cuarto de los dormitorios, hasta ahora no entiendo de donde sacó espacio mi padre y construyo su cuarto oscuro, para revelar sus fotos, pues el gringo buena gente no sólo le dejó su cámara fotográfica sino todo un equipo de revelado. Conocimos la luz eléctrica, que mi padre pidió de un vecino, conocimos la luz roja. Vimos con asombro como las imágenes se iban formando conforme, el papel pasaba de bandeja en bandeja. Conocí las fotos secándose y nos vimos retratados donde antes nada había. El cuarto oscuro no tenía secretos para nosotros y cuando mis padres no estaban nos apoderábamos de la cámara y foto y foto. De juego en juego tomábamos fotos y allí se armaba la grande. Mi padre nos dio nuestro estate quieto. En esos años la fotografía era un pasatiempo demasiado caro y habíamos echado a perder todo un rollo. Mi madre sonreía, -deja a los chicos, tú mismo les estás enseñando y ahora te quejas-. Mi padre calmó sus iras y nos enseño los misterios de las fotos en blanco y negro.
Más de una vez mi padre me llevó a mítines, donde se hablaba de Cuba y una noche dos jóvenes amigos de mi padre fueron a la casa a despedirse, se marchaban con la guerrilla, que años, muchos años después, sabría que eran del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionario, que murieron junto a Luis de la Puente Uceda.
Dice la leyenda que por esos años el Che, pasó por Ayacucho, solo sé que vi hombres escuchar a otros hombres con un silencio que asustaba al viento, vi rostros con la llama de la justicia en sus ojos, vi gestos llenos de decisión y sentí un inmenso orgullo por mi padre, por haberme llevado en la noche, pese al frió, pese a la hora, pese a que nadie llevaba niños. Nunca he podido olvidar la sonrisa generosa de esos jóvenes que se despidieron de mi padre, sabiendo que no se volverían a ver y hoy que escribo esto siento su muerte más cerca que nunca. Mi padre me permitió ver esa historia llena de decisión por un amanecer digno para la humanidad.
En la Escuela de Bellas Artes, muchas veces mi padre se quedaba conversando con el Director, el viejo Respaldiza, a la hora de irnos, el portero, un jorobadito, muy atento nos abría la puerta. Vivía solo, sin familia, porque se consideraba de mal agüero tener un jorobado en la familia. En las navidades mi padre nunca dejaba de pasar por la Escuela de Bellas Artes y le dejaba un panetón. Hablaban en quechua y mi padre le trataba de explicar que no era de mal agüero, que solo tenía una enfermedad llamada polio, el jorobadito nunca aceptó ir a la casa a pasar la navidad porque temía ser de mal agüero para mi padre y eso jamás se le perdonaría.
Por razones de trabajo a mi madre la trasladaron a Tambo. Tambo quedaba a casi un día de viaje de Huamanga, teníamos que pasar por la Pampa de la Quinua, donde se llevo a cabo la última batalla por la libertad de Latinoamérica de los españoles. Quinua y vendedoras de comida, como cuy chactado con mote, papas y queso, con los aromas de las comidas como el puka picante, envolviendo el ambiente, se nos hicieron conocidos. Pasando el cerro Condorcunka, "aqusito nomás", en sus faldas quedaba Tambo, es la entrada para San Miguel, ceja de selva ayacuchana. En tambo nuestra casa quedaba al final de la carretera o si se quiere al inicio del pueblo, lo cierto es que si uno miraba al cerro podía notar en los surcos marrones, como los carros bajaban el cerro, la carretera era de tierra afirmada y el paso de cada carro iba seguido de una gran nube de polvo.
Un día a poco de nuestra llegada vimos, con espanto, que un carro se venía contra la casa. Un ómnibus se había volcado y dando tumbos se acercaba a la casa. Por cosas del destino se quedó atascado a unas vueltas antes de llegar al pueblo y caer sobre nuestra casa. Ese episodio nos dejo muy asustados. No había luz y la casa colindaba con un monte enmarañado de donde salían inmensas tarántulas, teníamos miedo. Y mi padre en esas noches sin luz de luna, nos empezó a contar las historias de Juan Sin Miedo.
De allí mi afición a narrar historias.
He olvidado por qué, eso que llaman mecanismos de defensa, funcionan bien por lo visto. Lo real es que la maestra de escuela de Tambo, donde me matricularon, me atemorizaba. A tal punto que no era capaz de de pedirle permiso para ir al baño, tan seguro estaba que me iba a negar el permiso. Y un día ocurrió lo inevitable. Los pantalones estaban mojados. La maestra se burlo de mí. En silencio la maldije y nunca más regrese a clases.
No dije nada en casa, salía todos los días camino a la escuela y no llegaba, me iba al río, el canto del río, el olor del eucalipto fresco y mi imaginación me hacían pasar las horas rápidamente, así todos los días. Pero como era un pueblo chico, pronto corrió la voz que el hijo de una de las maestras era un vago que se pasaba el día en el río. Ya para entonces buscaba que ocultarme y me iba siguiendo a los cerdos negros, que se alimentaban en la parte sucia del río. Una mañana allí me encontró mi madre pálida de vergüenza. El año se terminaba y la libreta era todo un baño de rojos. Mal en conducta, cero en aprovechamiento. Una nulidad completa. Mi hermana mayor había arrasado con todos los premios en el mejor colegio de mujeres de Ayacucho, el María Auxiliadora. Y estábamos allí, con la libreta en las manos de mi padre y mi madre furiosa. Mi padre es mi padre, pues. Vio la libreta, me sonrío y me dijo: "hijo no te preocupes, el próximo año vas a ir al Don Bosco de Ayacucho para que empieces a estudiar. Esa maestra no vale nada" y acto seguido rompió la libreta. Esa noche supe que mi padre era Juan Sin Miedo.
La vida dio un brusco giro. La familia de mi padre había dejado Pampas- Tayacaja, Provincia de Huancavelica, luego de vender su bienes y que sus terrenos conocidos como paccha, fueran expropiados para construir un cuartel de soldados, se habían instalado en Lima. Más exactamente en Papa León XIII, a 60 kilómetros de Lima, en la Panamericana Sur. Cerca del Balneario de Pucusana y del pueblo de Chilca. Las casas tenían lotes de media hectárea y los familiares de mi padre criaban pollos, les iba bien. Convencieron a mi padre, dejamos Ayacucho y nos transmudamos a Lima.
Con sus ahorros y prestamos compraron una casa lote y a criar pollos se ha dicho.
Mis padres como buenos profesores, cuidaban mucho nuestra educación. Siempre en colegios cristianos. No había colegio en Papa León XIII, el único colegio Parroquial quedaba en Lurín a 30 kilómetros. Un año estudiamos allí. Todos los días hacíamos el viajecito. Siendo despedidos hasta la carretera por la fiel Canela. Una pastora alemana que nos enseño a querer a los canes.
Criar pollos era cosa seria, si se enfermaban se morían por cientos y adiós inversión. Mi padre era cuidadoso y le iba bien. Lo peor era la venta de pollos. En la madrugada llegaban los intermediarios con sus camiones, con sus balanzas fraguadas, con su billetes falsos. Todos teníamos que estar atentos porque al menos descuido cargaban las jabas llenas de pollos, directamente a los camiones sin pesarlas. Eran unos ladrones compraban a 1 y vendían en el mercado mayorista a 4, encima robando a los granjeros en el peso. Eran tan sinverguenzas que incrementaban el peso de las jabas humedeciendolas, con ello lograban que el peso de la tara se incrementara en desmedro del peso de los pollos. Y a la hora de pagar, había que contar los billetes una y otra vez. Generalmente se terminaba de pesar y cargar los pollos a las cuatro de la madrugada, a esa hora con el cansancio encima se tenía que contar el dinero y muchas veces se detectaban los billetes falsos en el día, cuando ya nada se podía hacer.Mi padre en silencio llevaba su rabia. Mi madre explotaba. En una oportunidad, al descubrir un billete falso. Exigió que descargaran el camión. Los sinverguenzas se deshicieron en excusas y culparon a un empleado. Añadieron que se trataba de un "error". Tal como ahora un ex presidente diga que el "error" fue de su asesor.
Pero el problema mayor lo constituyeron los grandes grupos económicos que ya en esos años, inicios de la decada de los 70', empezaban a monopolizar la crianza de aves. La urbanización agrícola Papa León XIII era conocida por tener a muchos pequeños criadores de aves y de pronto el cielo de Papa León XIII se vio invadido por avionetas que volaban a muy baja altura, asustaban a los pollos. Les daba diarrea, perdían peso y terminaban sin poder engordar, cada semana extra de comida, eran deudas que terminaban ahorcando a los pequeños criadores de pollos. Cuando ya estaban con la soga al cuello venían los señores de las grandes molineras como Nicolini o Purina y les ofrecían criar pollos para ellos. Los convertían en sus empleados. Ese no fue el camino que siguieron mis padres. Un orgullo férreo les impidió someterse a quienes habían demostrado que ese capitalismo no tenía alma no escrúpulos.
En Papa León XIII no había luz eléctrica. Los primeros en criar pollos tenían grupos electrógenos y podían ver televisión. Los parientes de mi padre tenían su terreno en la misma cuadra que el nuestro, los visitabamos a las seis de la tarde para ver la serie de televisión: Perdidos en el Espacio, en un televisor inmenso que de adueñaba de la sala. el hombre llegaba a la luna. En casa no teníamos televisor, ni grupo electrógeno. Esa noche mi padre nos llevo a casa de sus parientes y nos mantuvo despiertos para que no dejaramos de ver ese acontecimiento historico. Así era mi padre con sus hijos.
Mis padres decidieron que nos quedáramos en Lima en casa de la Abuela materna para poder estudiar. Ellos se dedicaron a la crianza de cerdos y comprarían un par de vacas. Todos los viernes se turnaban para llevarnos a Papa León XIII. En esos años viajar 60 kilometros eran 60 kilometros. Los carros se tomaban en una antigua plazuela en el centro de Lima, cerca del Parque Universitario. A veces mi padre aprovecha el viaje y compraba cosas en el mercado central, en tales oportunidades, llegábamos caminando a la plazuela, por la calle en que entrabamos a la plazuela, siempre pasábamos por un zaguán donde había una anciana, con el rostro más arrugado que una pasa, que vendia papas rellenas, Las papas rellenas estaban en platos encima de una pequeña mesa, apenas alumbrada por una vela. Pasábamos en silencio. Llegábamos al carro, nos ubicábamos para el largo viaje y mi padre desaparecía, volvía con una papas rellenas, envueltas en papel de bolsas de azucar de color marron. La primera vez uno de mis hermanos exclamo: estas papas están frías.
Mi padre no dijo nada, solo miro la calle donde veíamos a la anciana.
- Estan frías pero ricas - termino diciendo mi hermano. Así por ayudar a esa anciana, cuando viajabamos a Papa León XIII, comíamos con gusto las papas rellenas más frías del mundo pero calentadas en el corazón de un hombre generoso, que sin decirnos mucho, los ejemplos son los que cuentan, nos enseño a amar a nuestros semejantes.
Ya crecíamos y no les iba mal a mis padres con la granja. Ya teníamos televisor, grupo electrógeno, dos hermosas vacas: Nora y Rina. Muchos perros y unas ganas inmensas de que los veranos no acabaran nunca. Mis tíos tenían, una camioneta, donde todos nos trepabamos para ir a la playa. Y fue por ello que quede en deuda con mi padre. Nos habían encargado alimentar a las vacas pero Rina era muy engreída, le gustaba la alfalfa fresca y cortarla era todo un trabajo. Lo más rápido era darles un balde de concentrado, uno en la mañana, otro al medio día y en la tarde chala, pero como habían llegado mis primos a la casa de los parientes de mi padre. Para poder jugar todo el día, les puse, en la mañana, como cinco baldes del concentrado a las vacas para que no se quejaran, por que los mugidos de Rina se escuchaban en todo Papa LeónXIII, Rina comió y comió. El concentrado se recalentó y Rina siguió comiendo, al día siguiente murió empanzada. Unos días después mi padre me dijo: " me debes una vaca, no te olvides". Jamas un reproche en publico.
El agua en Papa León XIII era extraída de pozos que poco a poco sufrieron las filtraciones del salitre, el agua se salo. Mi padre aprovecho y volvió a lo suyo: ser Maestro.
Primero en un colegio de Lima, luego por apoyar la Huelga del Sindicato Unico de Trabajadores de la Educación- SUTEP- de los años 1978 y 1979 fue cambiado a un colegio en la naciente Villa El Salvador. Demasiado lejos, nosotros viviamos en Breña, llegar a Villa El Salvador, por lo escaso de la movilidad, era perder más de dos horas y media.
Pidió su cambio para un colegio en el Balneario de San Bartolo y se fue a vivir a Papa León XIII, donde se contruyo una poza para almacenar agua, el camión aguatero pasaba una vez a la semana. Nosotros, ya mayores nos dispersamos por que la casa en que mi abuela materna había vivido por más de 30 años era alquilada. Los dueños la habían vendido y los compradores la reclamaron para vivir. Mi abuela materna se fue a pasr sus últimos días en Papa León XIII, junto a su yerno.
Mi padre volvió a criar cerdos, a la par que enseñaba en San Bartolo, uno de mis hermanos menores, se fue a vivir con él. Mientras terminaba la secundaria en San Bartolo.
Eran años tranquilos, cuando lo visitábamos, nos mostraba orgulloso a su pajarillo, el peti rojo, de pechito rojo. Hasta una pequeña casita le había construido.El pajarito todas las mañanas cantaba cerca de la ventana del cuarto de mi padre, donde él le ponía algunos bichos para que se alimente.
En esos años cumplió uno de sus sueños, tener su propio horno de barro, para cocinar con leña, su propio pan. Como en su lejana Pampas. Una tarde convencí a unos grandes amigos y los lleve a comer lechón al horno. Hasta ahora hablan de esa comilona. En la noche, mientras cantabamos con el corazón contento y la barriga llena, mi padre preocupado me pregunto si les había gustado el lechón al horno a mis amigos. Cuando iba a contestar, uno de mis amigos grito: señor, por favor, guardeme un poco que mañana me llevo a Lima hasta los huesos. Mi padre se fue a dormir tranquilo.
La crianza de cerdos dio lo suficiente para comprar una casita al Norte de Lima, en Villa Sol, lugar que luego seria parte de Los Olivos. donde volvimos a agruparnos. Mi padre dirigio la ampliación de la casa, la construyo a su gusto.
Esperaba que sus hijos se graduaran en la universidad. Cuando lo ataco el cáncer. Fue operado de emergencia, salio bien y le gano siete años al cáncer. Quise dedicarle mi primer libro de cuentos y por esas cosas del destino, el libro no tuvo cuando ser editado. vi su tristeza cuando le comunique que me habían desaprobado en mi examen para graduarme en la Universidad, como siempre no me lo reprocho.
Una mañana le dio un ataque de hemiplejía. Todos estabamos desconcertados. Luego de mil pruebas, se comprobó que los medicos que lo estaban tratando del cáncer a los glangleos, que estaba bajo control, habían descuidado unos tumores cancerosos en el cerebro. Ya habían hecho metástasis. Para salvar su responsabilidad quisieron operarlo, mi padre se opuso. Se negó a quedarse enfermo en un frío hospital. Bajo responsabilidad familiar lo llevamos a casa, al cuarto con la ventana al jardín, donde crecia la planta de jazmín que aromatizaba la casa.
Y al fin pude publicar mi libro, gracias a la ayuda de una apreciada amiga. Falto dinero para la encuadernación, así que en la casa encuadernamos los libros y pegamos las caratulas. El libro se titula: Sabor a la vida, y la dedicatoria dice así: "A MI PADRE, QUIEN CUANDO ERAMOS PEQUEÑOS, NOS RELATABA LAS HISTORIAS DE JUAN SIN MIEDO, PARA QUE EL SILENCIO QUE SE APODERABA DE LAS NOCHES DE TAMBO NO NOS QUITARA EL SUEÑO. DE ALLI MI AFICION A LOS RELATOS, Y ES QUE MI PADRE ES MAESTRO, PUES".
Esa noche trabaje con ganas, me amaneci encuadernando los libros, tuve casi veinte libros listos, los puse en rumas de a cinco con ladrillos encima para que pegaran bien. A la mañana siguiente, le enseñe el libro a mi padre y le dije: solo falta darle los cortes finales y listo ya está el libro papá.
Me miro y en el fondo de su mirada vi su sonrisa. Esa Tarde, con los primeros cinco ejemplares correctamente cortados, luego del trabajo llame a una amigo para celebrar, juntos fuimos a la casa de mi amiga, a tomar unas cervezas y volví a mi casa en la madrugada como a las dos de la mañana. Quise entrar a saludar a mi padre y enseñarle el libro ya cortado pero a esa hora seguro que la enfermera que lo atendía iba a pensar otro cosa, así que me dije, mejor mañana. A las dos horas me despertó la enfermera, mi padre había fallecido y como lo dije al inicio, lo acompaño el árbol de Jazmín. Fallecio tranquilo sin molestar a nadie. tal como vivió. Solo nos dejo su ejemplo como ser humano dificíl de imitar pero que procuramos seguir, por vidas como la narrada el Perú no podia ser eternamente gobernado por gente como Montesinos. Tarde o temprano la indignación, de los hombres tranquilos y sencillos, lo barreria de la historia, tal como a acontecido